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lunes, 20 de agosto de 2018

Lumen coeli

De la mañana de verano
tranquila,
cuando bajo nubes leves
iba deshaciéndose el riachuelo,
saltando
entre pequeñas piedras romas,
salpicando agujas frescas,
insuflando vida
en los tobillos de las bañistas,
apenas muchachas
de risa limpia y sincera.

Y el sol colándose
grave
entre la umbra del pinar,
creando mosaicos cambiantes
en el informe y líquido lienzo,
móviles de papel celofán
para cunas sumergidas,
hechizo brillante,
belleza efímera,
espejismo que nace y muere
una y otra vez.

Así me encontré contigo,
tumbada en la frondosa hierba
meciéndote con la tenue brisa,
y vi que tu corazón era cristalino
y cálido
como aquella mañana,
como el vidrio recién templado,
y eras la risa de las chiquillas
jugando en la orilla,
y eras el artístico y dulce
reflejo del sol
en el agua.

Necesaria,
tejedora de destinos,
dueña del tiempo,
radiante.


Porque la luz también emana de las profundidades del alma.



miércoles, 15 de agosto de 2018

Testigo mudo

La fotografía me miraba, y no al revés. Tironeándome del pantalón y de la nostalgia, siendo yo tan dado a dejarme arrastrar a ese estado mental. Mirarme y volver a ver el mundo desde los ojos de un crío.

La instantánea de marras congeló el tiempo a principios de los noventa, en otra Granada distinta, con más árboles y menos zonas peatonales. O así lo recuerdo yo. En el retrato estoy sujetando un limón como si fuera un objeto de altísima complejidad en el balcón de la antigua casa de mi abuela y ella me mira desde arriba —de niño siempre me pareció de una altura indescriptible—, con ese gesto que sólo una abuela es capaz de articular cuando juega con sus nietos.

Mi abuela. Ella me trajo a estas líneas, imagino. Mi abuela me miraba desde la fotografía y no al revés. 

Siempre fue una mujer fuerte como un roble. Niña de la posguerra española, de la generación que pasó hambre y miedo. Los años de los cañones apostados en la Alhambra bombardeando el barrio del Albayzín. 
Le gustaba contarnos peripecias de su niñez, de cuando iba a por agua a la fuente del Avellano y tenía que tirar el cántaro y meter la cabeza en algún sótano porque sonaban las sirenas o aquella vez que la mandaron a por una hogaza de pan de trigo —que no de algarrobo como era habitual— y ella en vez de completar el recado la repartió entre los chiquillos de la placeta de la Victoria. Las contaba y se reía a carcajadas todas las veces. Yo aún era muy pequeño para comprender el carácter necesario para que esas historias tan tristes nos parecieran divertidas y no percibiéramos el horror que había detrás.

Tenía esa sabiduría popular que ya no se encuentra. Conocía todos los refranes, todos los chascarrillos. También era una excelente cocinera (ahora me pregunto por qué no me senté con ella a escribir todas las recetas cuando aún las recordaba) y en su casa uno podía comer hasta el hartazgo.

Le daba miedo la tormenta, no soportaba los vientos fuertes ni el tronar de los relámpagos. Ya desde entonces me fascinaban esos contrastes en las personas e imaginaba una alta torre tambaleándose ante la tempestad, por alguna razón. 

Nos quería con todo su corazón, pero nunca fue de mostrarse en exceso. Nos lo hacía notar con pequeños gestos, detalles que hoy me mueven hasta la lágrima. Recuerdo una vez que vino a vernos a casa con un libro de ilustraciones de los grandes dinosaurios —ya que yo era un apasionado y gran conocedor de la materia, sabihondo desde chico—: "Niña, le he traído esto al Albertillo que sé que le gustan los lagartos esos", entonces se sentaba a mi lado y pretendía durante largo rato que encontraba harto interesante mi extensa narración sobre los pormenores del Cretácico inferior, que yo de eso, cátedra.

Eran otros tiempos más sencillos; me encantaba desayunar un vaso de leche sentado junto a mi hermana viendo David el Gnomo, salir a la calle y preguntarle a todo el mundo si quería ser mi amigo y revolcarme por la hierba.
Pero sobre todas las cosas me hacía feliz saber que era un niño.   
—¿Tú que quieres ser de mayor? 
—Yo no quiero ser mayor.

Todo esto era antes de que la vida lo inundara todo con su gravedad, antes de las pérdidas irreparables, antes de la pelota pinchada y de la vieja Barbie rota. Eran otros tiempos, ya ves.

Hoy podríamos repetir la fotografía con los mismos protagonistas aunque sería yo quien la mirase desde arriba esta vez. Y ya no me contaría historias, todas han dejado su cabeza y ahora viven en la mía.
No faltarían refranes, eso sí, mi abuela nunca podría olvidar sus refranes.

Se los sabía todos.

El tiempo es un maestro severo.

martes, 7 de agosto de 2018

Entropía

Recuerdo en altas temperaturas
como las de hoy,
cuando en otro plano existencial,
hace un par de vidas,
fuimos djinns del fuego,
genios ardientes enzarzados
en alto horno de arcilla,
dotándolo de su nombre,
de convección y propósito,
cocinando a fuego lento
el caldo primordial que nos sustenta.

Sudándonos el mar,
mi cuerpo se hacía líquido
y precipitándose en cascada
inundaba tus poros,
creaba corrientes y arrecifes,
gargantas y simas,
honda tierra y sal;
y tú nadabas en mí,
y eras la vida misma,
ahora una ninfa del agua
describiendo amplios círculos,
lamiendo el lecho,
alimentándote del limo,
abriéndote,
floreciendo.

Y yo me transformaba contigo
y ya no era ígneo duende
sino caballo salvaje al galope
dejando atrás montañas y valles,
piafando al pie del arroyo,
bebiendo de ti,
echando raíces;
y la tierra pulsaba gutural
al ritmo de latidos cavernosos,
así hasta dibujar el último risco
y la última hoja
del último árbol.

Y así disiparnos,
quedar como cuerpos celestes fríos,
hasta la muerte entrópica,
hasta el último susurro del aliento.



"mañana ojalá
pueda seguir bebiendo
el sudor de tu pecho."

Y todo lo demás es atrezo barato.


sábado, 4 de agosto de 2018

El amalgama

Baile de letras con silencios
y cierta pausa,
consecución disonante
de fonemas
a veces apresurados;
así es la palabra torpe,
corta,
redundancia vocal,
ruido,
peliagudo entuerto,
meliflua encriptación,
llave al reino de Oz.

Artilugios cuneiformes,
inventos, inventos,
inventos,
y así ad infinitum
hasta que no podamos,
de tanto entendernos,
entendernos más.

Si el baile de astros
no es suficiente,
si la energía no habla,
la centrípeta o la cinética,
si todo no está en su sitio,
si el baile de salón no alcanza.

Entonces escribe
en un papel radiactivo,
a la manera de los isótopos,
qué sé yo,
slcoejdygjeozjftje,
házmelo tragar,
háblame en plutonio,
y seguro te entiendo mejor.


Tanta palabra, tanta historia.
Si al final...

jueves, 2 de agosto de 2018

Del costumbrismo y otras afecciones

Si no fuera por ti, sería por mí,
en uno de esos días en que me da igual,
me despierto así, no sé,
por compensar, imagino,
las veces que lejos de esto, del hoy,
vivo en el contorno limítrofe que sabemos,
el de las flores y las pieles,
y busco la razón de todo gesto,
y no me aguanto;
como para pedirte que lo hagas tú.

Y esto casi siempre sucede por la tarde,
cuando el sol se va escondiendo
justo delante de mi ventana;
como ser testigo diariamente
de la muerte del yo que ha sido
y que nunca es suficiente.

Siempre nos quedará mañana,
un poeta no debería tener vistas al oeste.

Pero hoy me da igual,
es uno de esos días, ya ves,
que me duele, pero lejos,
jaqueca leve, de analgésico.

Me duele el mundo y me peleo
con la mediocridad que identifico,
la sopa blanda que alimenta
pero nunca es suficiente,
como el yo que ha sido,
que no sacia,
y que muere diariamente
delante de mi ventana.

Me dejo ir con indiferente pulso
y me dueles tú como de costumbre.

Las horas templadas me pasan
y todo es tan normal,
tan insoportable como yo
en un día como hoy.
Me desperté así,
no sé,
por compensar, imagino.

Igual mañana vuelvo a ser poeta,
si no me asomo al atardecer,
si le doy la espalda al sangrado,
al moribundo y regio astro,
que la vida ya me late bastante
sin el puñal anaranjado.

Igual mañana no miro allá enfrente,
al oeste,
y todo me vuelve a importar.

"Con la angustia veraniega 
que me aprieta la barriga.
Se me están sublevando las ganas."
P.D.: Y tenerte mal -o bien- acostumbrada.

martes, 31 de julio de 2018

Oda a la buena educación

Pero estamos tan bien educados,
tan bien.
Tuya es la tierra en mis manos
y la paz en mis ojos cansados,
como tuyas son
las huellas perennes.
¿Por qué me iba a importar
que me desgarres el alma?
Muérdeme donde sabes,
digiere el bocado
que al final sólo es carne;
sé que lo sientes tanto...
tanto, tanto,
que nada va a cambiar,
porque estoy tan bien educado,
eso también.
Así que tú llévate todo,
todo lo que no esté clavado a la piel,
¿por qué me iba a preocupar?
¿Acaso no es tuya la vida?,
que al final sólo es carne
y a nadie le va a importar
el daño colateral,
una mancha más en la calzada
o en la barra del bar.
Pero estamos tan bien educados...
que yo en mi diálogo interior
me debato en otras noticias,
otras tareas, otras dispersiones,
que el mundo está fatal,
¡y tú arranca el trozo!
y saquea, que la tierra es tuya;
no seré yo quien te diga
que a lo mejor alguno se duele
de tus nada premeditados,
absolutamente azarosos
y volátiles,
golpes de guadaña.

Pues se ha quedado buena tarde, tú.

sábado, 28 de julio de 2018

Regocijo

Te pienso en un color entre rojo y naranja,
como de melocotón.
Te pienso en colores y nunca te nombro,
cuando hablo con ajenos y extraños,
con ese nombre tan tuyo
que nunca me dijo de ti;
secreto, oculto, innombrable.
En ese juego nuestro como de placeta,
el escondite o la rayuela,
a pocas casillas del cielo, a ratos,
luego una mala patada
nos mandaba la tiza al patio de enfrente
y vuelta a empezar,
la tarde echada por alto.

Jamás aburridos de volver a intentarlo,
demasiado atraídos por la luz,
insectos pterigotas dándole vueltas a la bombilla,
eternos, curiosos, expectantes, pacientes,
explorando laberintos con antorcha
cuando el Minotauro no miraba,
dibujando sombras chinas
de felinos y primates,
espectáculo circense sólo nuestro,
en la más hermética de las intimidades.

Te pienso de nuevo: pequeña,
menuda, despreocupada,
lejos del espejo, resuelta,
caminando en una tarde de noviembre
junto al río pisando hojas ocres
o yendo en bicicleta por el Pont Neuf,
cargada de pensamientos y algún libro
recomendado tal vez por mí.

Te recuerdo a veces
mirándome con otros ojos
más verdes, primerizos,
sorprendiendo algún gesto,
alguna palabra que dejaba caer,
y entonces yo te miraba también
sorprendido, como si fuese la primera vez.
En esos momentos se levantaba nuestro mundo,
nuestra casa, nuestra villa, nuestro cortijo,
allí donde sólo habitábamos tú y yo,
y en una plaquita de cerámica,
en la entrada, se podía leer: "Regocijo".


Hace ya mucho que te la debía.
Esta es tuya.

Fragmentos prestados


*

— Bueno, dale, decime.
— Es una novela…
— Ajá.
— En una novela no hace falta escribir la verdad, ni siquiera algo creíble...
— Sí... ¡No!, no, ¿cómo?, ¿qué no es creíble?
— ¡Ah! Benjamín… la parte esa cuando, cuando el tipo se va a Jujuy.
— Sí, ¿qué problema hay…?
— El tipo llorando como si fuera un desgarro,
— Sí, ¿y qué?
— y ella corriendo por el andén como sintiendo que se iba el amor de su vida
— Bueno…
— y tocándose las manos a través del vidrio como si fueran una sola persona,
— Pues sí...
— y ella llorando, como si supiera que le esperaba un destino de mediocridad y desamor, casi cayéndose en las vías, como queriendo gritar un amor que nunca se había animado a confesar.
— Sí, sí. Fue así… ¿o no fue así?
— …y si fue así… ¿por qué no me llevaste con vos?

El secreto de sus ojos - Juan José Campanella

**

Callar y quemarse es el castigo más grande que nos podemos echar encima. ¿De qué me sirvió a mí el orgullo y el no mirarte y el dejarte despierta noches y noches? ¡De nada! ¡Sirvió para echarme fuego encima! Porque tú crees que el tiempo cura y que las paredes tapan, y no es verdad, no es verdad. ¡Cuando las cosas llegan a los centros, no hay quien las arranque!

Bodas de sangre - Federico García Lorca

***

Siguiendo el hilo, completando el cuadro
con imágenes prestadas.

Viento y arena

De viento y arena al cielo,
siempre un efímero toque de mar,
y salitre y rocío por velo,
lo intangible del aire,
ella etérea,
él inmaterial.

La arena no sabe enraizar
y el viento no entiende de amores,
de copas, de flores, de esfuerzos baldíos,
de abrazos, de espadas, de hogares,
de penas mayores que traspasan
corazones y voluntades.

El viento y la arena,
vuela la una, flota y levita, grácil al son
que marca y aúlla, el otro al tronar,
y viajando y flotando ella,
posándose apenas en dedos de manos
que se abren como flores al sol,
como ojos mirando hacia dentro,
más allá del ceño,
camino a la garganta,
ahogando un grito feroz,
apenas el tacto,
casi llevándose la pena,
levemente limpiando los peros,
los momentos inoportunos,
el aburrimiento supino,
casi.

Tú eras el viento, y eras la arena,
y yo la mano detrás del cristal,
¡no llores, pobre mío!
¿no ves la escultura de sal?
¿no ves que el viento es calmo y amable?
¡no aprietes, no ahogues!
que ella sólo existe en libertad.


Así de irresponsable es la erosión.
PD: Si sólo han sido un par de años, no exageres.

viernes, 26 de agosto de 2016

Euforia, ironía


Primero fue por la sangre golpeando las paredes de su claustro, el repicar de campanas en la plaza del pecho. La presión del ritmo en los tímpanos. Fue el reconocimiento, la identificación. Las cuatro y treinta y tres de la madrugada.

Luego vino la burbuja e instaló su distorsión espacio-temporal: el niño extasiado por el descubrimiento y la sosegada paz del anciano que no conocerá soledad.
Vivir todos los lustros que caben en seis horas.

Las cigarras del estío, los espejismos del asfalto caliente y el agua con cloración salina.

Y entonces, tras apertura y entreactos, el cierre...

***
—¿En qué piensas? ¿Por qué me miras así? —preguntó ella al tiempo que inclinaba la cabeza con gesto curioso y divertido.
—Estoy guardando este momento aquí —dijo él, dándose un par de toques en la sien.

Imágenes de una noche de verano en la ciudad se sucedieron durante un par de horas más.
De vuelta a nuestro relato, los Protagonistas se disponían a despedirse hasta otro día.

—Fotografías mentales, ¿no? —dijo sonriendo ella, acercándose a él.
—Justo eso —replicó él con la mirada fija en sus ojos—, fotografías mentales...
—Ya veo —concedió—, en ese caso no hay más remedio que completar esta —dijo un momento antes de besarlo una vez más.
Cuando a él le faltaban noventa pulsaciones para enamorarse, ella dio un paso atrás, aún sonriendo, y se alejó por las calles con paso tranquilo.

Y así se reveló la última fotografía, pues nunca volvieron a verse.
***


La tragicomedia de la vida.
Tintes de novela.

domingo, 7 de agosto de 2016

Silueta

Cuando, sólo ahora
no respiras mi aire,
cuando no estás aquí,
entonces, las horas
me mastican y transitan.
Me vuelvo de blanda
consistencia, torpe,
incapaz de apreciar
bellezas ulteriores
más allá del contorno
con el que limitas,
distingues y estilizas,
grácil y hermosa,
lo banal de la esencia.
Aquello que el ojo
antes admiraba, colmo
melifluo, el color
del celaje. Complejas
nieblas transidas de
austeridad ve hoy.
Cuando, sólo ahora
no respiras mi aire,
cuando no estás aquí,
entonces, las horas
desfilan mermadas,
y la vida prepara
paciente, con su hilo
de color, el remiendo
necesario. A tu
regreso, obra, haz.



Tu piel, mi horizonte.


miércoles, 20 de julio de 2016

Candor

En mis camaleónicas fases lunares,
ahora soy ascua que arde 
con la voz del silencio.
Vuelo y caigo, 
y me angustio con el aire quedo.
Si un susurro no transporta
las palabras que me saquen de la candela,
al menos... tú, 
hierba de primavera, 
por esta vez, tú, 
no temas mi cuerpo ígneo.
Sopla, dulce brizna,
aviva la llama
y ardamos juntos de nuevo 
en armónico frenesí;
por esta vez, tú...
Consúmete conmigo.




Leyes de la termodinámica, y esas cosas.

"[...] o princesas huidizas de amores suicidas."

Rompecabezas

Ahora quiero descifrar el puzle que me presentas.

Para ello, te advierto,
 he de deshacerte y deshacerme. 

Y despiezarte y despiezarme,
estudiarte y mezclarme contigo, 
despacio. 

Por curiosidad científica, ya te imaginas. 

Montarnos y encajarnos en un paciente tetris nocturno.
Camino de la verdad que se asoma en tus ojos.




Nunca soporté los acertijos sin resolver.

La muerte de una estrella


fogonazos de luz,
impresiones grabadas en papel de fotografía,
sombras chinas,
papiroflexia compleja,
flores tropicales,
monzón,
un cambio en tu despertar,
un ojo cerrado
y mi percepción abierta,
una proyección en la pared
de una habitación que no es nuestra,
no pertenencia,
pérdida,
incandescencia azul,
abrazos al humo que exhalas,
hálito nocturno,
eras y nunca soy,
otros tiempos,
mismos lugares,
no soy yo, eres tú,
esfera,
escenario paralelo,
contención,
lluvia,
rabia que te rasga la costura,
locura,
fluir,
el instinto que nos convierte,
vida con la luna de la mano,
nunca el mismo cielo,
me traspaso,
encuentros,
caza furtiva,
tragicomedia.



No somos porque soy, 
y nuestra estrella brillará
en el instante anterior a su muerte,
pero nunca en el mismo cielo. 





Cohetes y maravillas, ya se sabe...



"¿Quieres contarme tus historias? ¡Bien, yo te contaré las mías! ¿Prefieres enterrar el pasado? También podemos hacerlo. Pero no intentes jugar a hacerte el ofendido conmigo.
 ¡Lo que tenemos debe ser suficientemente bueno, coño!, y si no lo es, lo mejor será hacer cruz y raya. 
¿Qué prefieres?"


sábado, 22 de agosto de 2015

Cuadernos de lunas y soles




Fútiles fueron las palabras, sus ojos fijos en el horizonte me hablaron de sombras, rincones donde la tierra era negra o gris, y que de existir alguna otra cosa tampoco conocería color.

A veces se le antojaba viajar en el bauprés de esa corbeta ausente y tomaba al abordaje todos los soles del mar. La afilada belleza de la luna izaba su bandera y entonces la escarcha invadía mis mundos.

No sabía mi piel de la quemadura del frío, ni de hechicerías nacidas de la tundra. Aunque yo siempre le intuí algo de chamán, y, ya puestos, de bruja.

Sentada frente a las olas la dejé, absorta en su mundo de copos de nieve, pensamientos fractales incógnitos para el ingenuo observador que desde fuera tratara de imbuirse de ella, como un niño que armado con una ramita de sicomoro, a base de tímidos tientos quisiera conocer las maravillas de la cámara mortuoria de Kefrén.

¡Buena suerte! 
La sola idea me hacía morirme de risa.





Habrá que esperar a que escriba sus memorias.

jueves, 6 de agosto de 2015

Macarena y su muleta

Macarena nació con plenilunio, un veinticinco de julio de un año excepcionalmente caluroso. Sus padres ya no esperaban más hijos después de cuatro criaturas criadas con esfuerzo; además, la madre de Macarena había tenido un embarazo que acabó en aborto hacía dos años, cuando ya contaba con cuarenta y dos primaveras. Siendo así no era de extrañar la sorpresa cuando la buena mujer se encontró de nuevo en estado de buena esperanza.
La quisieron con locura en cuanto la miraron a los ojos, Macarena tenía un océano profundo que contenía toda la sabiduría de los pueblos en cada iris, y para cuando tuvo la capacidad de abrirlos para mirar a las cosas con atención, no había audiencia que se resistiera. Los vecinos decían de Macarena que había nacido con estrella, y era verdad.

Con dos años ya sabía más palabras que la mayoría de niños con cuatro y bailaba, Macarena sobre todo bailaba. Su padre adoraba la música, especialmente la clásica, y la pequeña Macarena acudía rauda al estudio donde él se sentaba a disfrutar de largas sesiones y se dejaba llevar por las escalas y las armonías.
A la tierna edad de cinco años, todos en el barrio ya sabían que la niña era de natural inquieto en palabras de su maestra, o un torbellino en acción constante si le preguntabas a su sufrida madre.
En aquellos días sus gráciles movimientos al seguir la música ya no pasaban desapercibidos, así que Macarena fue a una escuela de baile, y Macarena bailó, vaya si bailó.

Pasaban los años y la cada vez menos niña no hacía otra cosa que destacar en todo lo que tocaba; tenía las mejores calificaciones en la escuela y en el conservatorio ya dominaba el arpa y el piano además de ejecutar coreografías de danza clásica a un alto nivel en escenarios repletos de público. La dulce Maca tuvo la mejor niñez que pudo haber soñado.

A los dieciséis años Macarena se topó de bruces con la desgracia por primera vez cuando su padre y dos de sus hermanos murieron en un accidente de coche dejando la familia rota. Su madre se sumió en una profunda depresión y recurrió al alcohol. Ella se refugió en la danza y dejó su casa para unirse a una compañía que giraba por todo el país.

Cumplida la mayoría de edad ya era una de las mujeres más bellas de cada ciudad que visitaban, tenía los rasgos afilados en armoniosa delicadeza, una larga melena azabache y un cuerpo propio de quien lleva toda la vida ejercitándolo con rigurosa disciplina. Pero Macarena no era nada de eso, Macarena era el océano de sus ojos. Los hombres que la conocían se veían arrastrados a sus profundidades y aunque ella rara vez mostraba interés siempre se veía cortejada por más de un aspirante.
Macarena se divertía con ellos, les hacía saltar como monos de circo anillados y elegía para pasar la noche al que menos cabriolas le dedicase, en un cruel juego de seducción del que sólo ella conocía las reglas.

Al año siguiente, mientras se encontraba actuando en el país vecino cosechando grandes éxitos, a Macarena le llegó la noticia de la muerte de su madre. Las otras grandes pérdidas de su vida le habían parecido inevitables, azares de la vida, un segundo estás y al siguiente no. Pero perder a su madre le afectó de una manera irreparable, no podía dejar de culparse por haberla dejado sola, por haber huido.
Su hermano mayor llevaba tres años en prisión por tráfico de drogas y la única hermana que le quedaba había dado señales de vida por última vez hacía dos, cuando se disponía a viajar por África, sabía Dios dónde estaría para entonces.
Macarena se pasaba los días entre lágrimas y pensamientos que la consumían, la autodestrucción le pareció la mejor penitencia y así empezó la espiral.
Las horas que pasaba dejándose caer en los brazos de la noche pronto superaron a las que pasaba despierta durante el día, hasta que su bajo rendimiento en los escenarios le hizo perder el papel titular que ostentaba.

Con veintiún años Macarena cambió la compañía de danza por la compañía de un hombre adinerado que le pagaba los caprichos y sobretodo, el alcohol. Pero hacía tiempo que ella no era capaz de sentir nada, así que siguió frecuentando ambientes donde se jugaba con fuego a diario, y Macarena empezó a darle a su cuerpo alegría y droga buena. No hizo falta mucho tiempo para que se convirtiese en un despojo con el que los depredadores se divertían, las reglas del juego habían cambiado para la dulce Maca. Ahora se ofrecía haciendo ágiles acrobacias a cambio de un pellizco de química para el cerebro. Y de tanto jugar con ella, la vida se le rompió en las manos.
Una noche, la siguieron fuera del tugurio tres tipos que le habían echado el ojo días atrás, la arrastraron a un callejón y la violaron, uno tras otro. Cuando a la mañana siguiente el hombre adinerado se enteró de lo sucedido, le propinó una brutal paliza que la dejó al borde de la muerte.
Macarena pasó los dos meses siguientes en coma; al despertar supo dos cosas: que tenía daños en la columna por lo que había perdido la movilidad de la pierna derecha, y que estaba embarazada.
Cinco meses más pasó rehabilitándose físicamente y deshaciéndose de su adicción en el hospital, aunque ya no volvería a ser la misma. Cuando estuvo lista para partir, Macarena cogió su muleta y puso rumbo a su ciudad natal donde la esperaba su hermana para acogerla en su apartamento el tiempo que fuese necesario.

Con veintidós recién cumplidos, Macarena dio a luz a una criatura con sus mismos ojos, los malditos ojos con estrella. No podía soportar la visión de esos ojos ni del futuro que auguraban. Transcurridos diecisiete días, dejó a la niña en la cuna con su hermana, cogió la muleta y salió del apartamento.
Y así iban Macarena y su muleta, a las cinco de la madrugada por la calle empedrada. Todo estaba igual de bonito que como lo recordaba, si no más; el silencio reinaba en la escena, solamente se oía el pesado caminar de Macarena y su muleta, clac, tump, clac, tump. La muchacha le puso música de Stravinsky a todo lo que sucedía y recordó las sensaciones que le producía moverse libre al compás de una melodía.
Macarena llegó al puente y se sintió libre. Clac, tump. Este siempre había sido su lugar favorito cuando era niña. Corría una brisa muy agradable y la vista era espectacular. Macarena arrojó la muleta al río que bajaba repleto debido al deshielo y esbozó una sonrisa tranquila.

Recordó entonces una escena que tuvo lugar allí mismo, cuando ella tenía siete años y su padre interrumpió el paseo para girarse y pararlos a ambos en ese punto exacto del puente.


"¿Sabes, pelusa? Yo nunca te he hablado del amor, pero cuando llegue te sacudirá con fuerza." 
 "¿Cómo sabré reconocerlo?"
"¿Recuerdas esa sensación en el estómago cuando en el parque de atracciones te dejan caer desde muy alto? Son las mismas mariposas, pequeña."

Y como Macarena no había conocido el amor, con este recuerdo aún abrazándola puso una banda sonora de Chopin en su cabeza. Y Macarena saltó del puente.



*
*
FIN






Esta es una historia de luces intermitentes. 
Y de estrellas fugaces.

martes, 4 de agosto de 2015

Un suspiro malhumorado

Y decían de los temblores y los pájaros en desbandada,
las violentas erupciones, la lluvia de esferas ardientes y ceniza.
De las placas tectónicas reinventando fronteras con sus choques,
de los pueblos engullidos y los colosos de roca surgidos de las profundidades.
Y sabe el hombre de terribles tormentas huracanadas,
de inundaciones, de tornados y de plagas.
De guerra, codicia, hambruna y peste.


Y decían de lo insignificante de nuestra existencia, pues espera a que vean tu mirada en el preciso instante en que te robo tu cojín favorito la tarde de un domingo antes de empezar nuestra película.
Hablamos entonces de miedo primigenio.
De la oscura fuerza incontrolable de la naturaleza.





Y yo sólo soy un hombre, así que ahí tienes tu cojín.
P. D.: Se habla de la esperanza, últimamente...

sábado, 1 de agosto de 2015

Capítulos perdidos

En el instante anterior a abrir los ojos, supo que algo irremediable había sucedido. Tendido como estaba, aturdido e incapaz de pensar con claridad, tuvo esa certeza. La rueca del destino ya había tejido el fatal desenlace.

Sonidos de sirenas golpeaban sus sienes y sus tímpanos. La neblina que era su vista solo le permitió distinguir figuras con paso nervioso a su alrededor. La cabeza le iba a explotar y estaba mareado. Una de las siluetas, delgada y menuda, se agachó junto a él.

-Oiga, ¿puede oírme? –preguntó la voz de mujer en tono amable pero apremiante-. 

-S…Sí –balbució-. ¿Qué ha… -comenzó a preguntar-.

-Tranquilícese, no intente hablar –le interrumpió la que a estas alturas dedujo que era la sanitaria-. Ha sufrido usted un accidente, le han atropellado.

Atropellado… Cuando comprendió la implicación de aquella palabra abrió los ojos como platos y tensó todos los músculos de la cara.

-¿Dónde está ella? Tengo que verla –dijo mientras hizo un intento inútil por incorporarse-.

-No se mueva, por favor –inquirió la mujer al tiempo que ejercía presión sobre los hombros con las palmas de las manos.

-No lo entiendes, tengo que verla, ¡necesito saber que está bien!

Un rictus sombrío se instaló en la cara de la mujer. Negó lentamente con la cabeza.

-Cuando llegamos, ya no había nada que pudiéramos hacer por ella –se limitó a decir-.

Él notó que la desesperación le trepaba por las entrañas y le rasgaba la garganta. Aquella angustia tomó el control de su ser, impidiéndole respirar. Dejó caer la cabeza a la derecha y vio un bulto cubierto por una sábana amarilla, que brillaba como el metal, en el suelo, a unos 10 metros. No recordaba en qué estación del año se encontraban, pero el poco viento que soplaba lo hacía a ras de suelo y era frío, casi cortante. Ahora que el torrente de pensamientos se agolpaba, se dio cuenta de que ni siquiera sabía dónde estaba, sólo existía esa fijación que le impedía apartar los ojos de aquel bulto. No podía respirar. Empezó a sentir que se desmayaba. Una racha de aire levantó una esquina del envoltorio metálico dejando a la vista un hermoso rostro con gesto tranquilo. Irónicamente tranquilo, como si el dolor fuera cosa de otros mundos. Aquello era una sombra en el instante anterior a convertirse en luz, la piel ya no era marfil sino ceniza y el pelo, negro como ala de cuervo. Uno de los sanitarios se percató y acudió con paso pesaroso a taparla de nuevo. 
Claro que para entonces los ojos que miraban desde el suelo estaban vacíos, él ya no estaba allí.





Final alternativo: en realidad sólo se trataba de un sueño.

jueves, 30 de julio de 2015

Unicornios negros

Pongamos por caso, la causa ya no afecta al efecto.

ahora p no implica q

Gente gravitando por la vida, horrorizados y perplejos.

¿qué uso tiene aquí tu física?

Dejas caer el tenedor y va directo al techo.

el cerebro se niega hasta el desmayo 

Los rifles disparan sentido común y ya no sangra el soldado.

te mataré de aburrimiento, mequetrefe

El lenguaje no es correcto, sólo es sonoro.

reyes del box office,
los mechones de Elsa Lanchester,
 el superhombre de Nietzsche

Ella salva al príncipe de la alta torre, con dragón y todo.

esta no te la esperabas

Así el panorama, los niños sin inmutarse.

¿a qué viene tanto alboroto?



Los cisnes nunca fueron blancos, para empezar.





Quien dice cisnes dice unicornios.
P. D.: Estructuras, formas, cogiendo ritmo.

Chinchonería

Y es que me encanta, ¿sabes?, que arrugues la nariz y me llames, no sé, idiota, con una sonrisa a medias. A lo mejor hasta me das un golpecito con el puño que a mí me resulta adorable y me río, y tú piensas que estoy ofendiendo tu nada despreciable fuerza, y me das otro. Pero esta vez más fuerte. Y me dices que no me ría mientras das pequeños saltos para alcanzarme. Comprenderás que la escena me resulte irresistible. Estoy condenado. Me río con más ganas entonces, qué le voy a hacer. Por fin no puedes contenerte y te unes a mí. Aprovechas los últimos coletazos de la risa para decirme que soy un capullo. Y por esta vez probablemente lo merezca. Aún así me besas. Me encanta.
Me encanta que me entiendas, que me veas. Adoro que no sientas que tu dignidad está en peligro por mucho que te chinche. Me fascina esa seguridad. Me mueve.
Porque me pongo insufrible. Porque no hay momento que se salve del dudoso arte de la chinchonería.
Y aún así tú me besas. Mira que eres canalla.



Bendita paciencia.