martes, 23 de noviembre de 2010

Claro de Luna




Cuando su imagen colma el cielo,
la tuya de la mano viene,
del claro pálido, luna altanera,
al bajo fondo de mi cuerpo.
Posado en la ventana del recuerdo,
así, como pájaro cantor sin trino,
de plata me viste y me encuentra
en frías noches de fuego.
Embriagado de mí mismo
ahogo luceros con las manos,
sumergido ya en océanos y abismo,
me precipito furioso y lastrado.
Y conmigo se va mi luna
y de su mano tu imagen baldía
y la noche y su telón
desdibujado de estrellas.
Al alba sorprenden
mis húmedas mejillas,
alquimia de lágrima y rocío,
y mi cuerpo que es ahora abono,
limo fértil que yace tranquilo,
del retoño hoy, mas
árbol de verde vida y vergel,
abrevadero del alma,
sol y sombra,
muerte y vida,
mañana.

Cuando su imagen colma el cielo
la tuya de la mano viene
y yo, posado en la ventana...





Tocando fondo
nací un buen día...

Bienvenidos de nuevo a bordo, disfruten del viaje.
P.D.: No estaba muerto no... y tampoco de parranda.

sábado, 24 de abril de 2010

De buena mañana

Ahí estaba, mirando a través de la ventana un paisaje que languidecía hasta donde mis ojos podían alcanzar. No podría decirse que este día tuviera visos de ser especial. Me picaban los ojos y el silencio reinaba la estancia. Afuera parecía como si algún director de orquesta irritado hubiera puesto en marcha una especie de ballet nervioso y acelerado. Coches por aquí, algún claxon por allá. Gente con propósitos. Nadie andaba hoy en día por la calle sin un sitio al que ir, sin prisa, sin pasos rápidos y respiración agitada. Todo eso quedaba lejos de mí por ahora, un doble cristal aislante me separaba del espectáculo musical de hoy, con luces y atrezo. Una delicia.

De algún modo, después de un minuto observando aquella vista, mi humanidad tomó contacto conmigo acariciándome las mejillas. Salada. Esperanzadora. Devastadoramente clara.
-Curiosa forma de recibir el día -en momentos así, tenía la costumbre de pensar en voz alta-. No sabía a qué dios adoraba, ni sabía a quién agradecer, o no, el hecho de haberme colocado aquí sin tener el decoro de preguntarme antes. Se me exigía plena responsabilidad por mis actos -¡mis actos!-, se me exigía vivir con estas reglas. Bien jugado, quienquiera que seas.
Seamos claros, no me estaba quejando de mi vida; se trataba de algo más elemental que eso: estaba solo. En ese momento único en el que ves lo que eres, tu papel real en esto, estás solo.
Se trataba de una sensación primitiva, abrumadora. Ser un individuo aislado y ser el universo, todo a la vez. Lo más cercano a vislumbrar la Verdad que pende sobre cada uno. Místico.
Seguía derramándome. Salado. Todo y nada. Claro, muy claro.
¿Por qué hablaba con mi naturaleza tan poco a menudo? Me volvería -más- loco, supongo, de hacer lo contrario.

Lo que me trajo de vuelta, y lo último que sentí antes de bajar las escaleras y unirme al show urbano, es que había partes de mí que sabían echarte de menos... antes de conocerte. Pero esto te lo explicaré en otra ocasión.

Curiosa forma de recibir el día, por cierto.

No hay nada como el olor a primavera por la mañana. Y así estamos...
Diario de un viajante en busca de rumbo, parte III.

domingo, 7 de marzo de 2010

Viajes en Tren


Hay veces que la vida se transfigura en una estación, una estación donde encuentras viejos trenes que se marchan sin ti, también arriban vagones nuevos que prometen sorpresas y experiencias inolvidables e incluso algún que otro recuerdo oscuro que vaga fantasmagórico de andén en andén.
Cuando la vida es una estación, siempre hay gente que se marcha, personas que llegan y transeúntes que caminan erráticamente buscando un tren que nunca aparece debido a un retraso al parecer interminable.
Lo curioso de esta especie de estado vital es que nunca llego ni me voy, simplemente espero a los pasajeros de trenes entrantes, me despido de aquellos que se marchan a otro lugar con la esperanza de colmarse de nuevos conocimientos y costumbres; ignoro a los que se van sin avisar y lloro por aquellos que nunca más van a regresar.
En la estación espero y espero con una maleta repleta de mis pensamientos, espero el momento exacto para ser yo el que se aleje y así acercarme a otra estación, que siendo la misma es otra totalmente distinta. Es diferente porque cuando me bajo del vagón no espero, no miro a nadie, no hablo, no pienso; sencillamente arrastro mi equipaje, salgo de la estación y comienzo una vez más como si nada hubiera sucedido, todo sigue igual aunque el tiempo no se ha parado y me envuelve la sensación de haber desaparecido del mundo un instante eterno para más tarde volver a la rutina de siempre. En definitiva, volver a mi verdadero mundo, mi cotidianidad. Todo se asienta poco a poco y vuelven esos rituales que creía imprescindibles para vivir, esas pequeñas cosas que repito día tras día casi de manera instintiva y es entonces cuando recuerdo el paisaje en movimiento y el agradable traquetear del tren en marcha, es entonces cuando hago memoria y todos los recuerdos parecen estar a años luz como si nunca me hubiera movido de la estación anterior.
Así pues, parece que la vida es una sucesión de estaciones: unas abarrotadas, otras vacías y oscuras, algunas cálidas a la vez que efímeras e incluso hay estaciones nubladas y repletas de charcos de olvido. Estaciones donde pierdo trenes por miedo al lugar de destino o simplemente los dejo marchar por cobardía; estaciones en las que se esfuman vagones entre vapor y humo negro llevándose consigo recuerdos irremplazables de compañeros que ya no son más que pasajeros de ida, trenes que se alejan raudos dejando en el andén dudas y remordimientos. Estaciones de lágrimas nostálgicas por la despedida de un ferrocarril que debía marcharse sin saber bien porqué.
Una única estación en cambio constante. Pasajeros, maquinistas, equipajes…todos cambiantes; quizás sea yo lo único que permanece inmutable.




El Náufrago


lunes, 1 de marzo de 2010

Aquel invierno


Aquel invierno
sin duda vi llover demasiado,
convirtiendo tierra de secano
en un gris escenario premeditado.

En una incubadora encapotada.

Aquel invierno,
vi a la incertidumbre
inundar esperanzas y corazones.

Vi a lágrimas desgarradas
preguntar por bondades y por amores.

Aquel invierno,
fui testigo de rompecabezas
sin solución posible.

Sin sentido para mí.

Aquel invierno,
vi demasiadas vidas colapsando
a ritmo de vaivenes y crujidos,
de estertores y aullidos,
a la orilla de hogares desvencijados.

Vi medios frívolos de comunicación absurda.

Aquel invierno,
no reclamaron mi sonrisa
en objetos perdidos.
Sentí la fría mano de la soledad,
sentí cómo me ataba a la añoranza.

No me dejó escapar...

Aquel invierno,
fui objeto de mi propia queja.
¿Dónde está tu sitio?
¿Qué esperas encontrar?

Recuperé el paso firme,
mas no basta con andar.

Aquel invierno...
sin saberlo...
no dejé de llorar.




Algo anda terriblemente mal, ya lo sabes...

domingo, 3 de enero de 2010

Me preguntas cómo...

"Me preguntas cómo me volví loco. Ocurrió así:
Un día, mucho antes de que nacieran los dioses, desperté de un profundo sueño y descubrí que se habían robado todas mis máscaras, las siete máscaras que había modelado y usado en siete vidas.
Hui sin máscara por las atestadas calles gritando:
"¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Malditos ladrones!".
Hombres y mujeres se reían de mí, y algunos corrieron a sus casas temerosos de mí.

Y cuando llegué a la plaza del mercado, un muchacho de pie sobre el techo de una casa, gritó:
"¡Es un loco!".
Alcé la vista para mirarlo y por primera vez el sol besó mi rostro desnudo, y mi alma se inflamó de amor por el sol y ya no deseé más mis máscaras. Como en éxtasis grité: "¡Benditos, benditos sean los ladrones que me han robado mis máscaras!"
Así fue como me volví loco.
Y he hallado libertad y salvación en mi locura; la libertad de estar solo y a salvo de ser comprendido, porque aquellos que nos comprenden esclavizan algo nuestro."


Gibran Khalil Gibran - El loco

Cuánto loco suelto...