viernes, 28 de mayo de 2021

Bosquejos

Me abandono desde entonces, 
cada noche,
con el velo de tu figura
rozando aún las yemas de mis dedos,
donde no tengo ojos ni voz,
y la garganta tensa, como en grito,
naufragando en esos sueños 
que como las huellas en la orilla,
no permanecen tras los párpados
al retroceder la espuma.
Y si al despertar mis carnes abriera,
mancharía la alfombra, me temo, 
de pena, y más pena.
Para el desayuno elijo con cuidado
de entre la cosecha de lo perdido,
tus miradas más tiernas,
y junto con algunas naranjas 
en su estado justo de amargor
y café recién molido,
las consumo, absorto, con las manos.
No siempre exhibo esa falta de decoro,
y en ciertos almuerzos,
cuando tu risa está en el menú,
cuchillos que nacen debajito de la piel
y finos tenedores de plata
cristalizados en mis ojos
sirven de espléndida cubertería
en el minucioso banquete de mi destrozo.
Insaciable, voraz,
monstruoso, abotargado.
No soy más, en semejante trance,  
que mero amasijo de entrañas,
cascarón autómata de funciones básicas,
títere que en mi nombre opera.
Alimentándome de recuerdos, 
haciéndome uno cada vez
con aquellos bosquejos que evocaban playas,
la compañía, el delicado trato,
la sonrisa, el abrazo,
mi amor,
la vida.

La pura vida.





"[...] sabes mejor que yo 
que hasta los huesos
 sólo calan los besos
 que no has dado"

P.D. "Veo su foto y me duele el pecho."

domingo, 28 de febrero de 2021

Bajo el paraguas


Me dejaste el amor por la lluvia,
la fascinación primigenia
ante la música de un rostro
explotando en carcajada,
el remanso de paz de esos ojos
que escondían la bruma de los montes.

Me dejaste en conversaciones
con el alma,
negociando el precio de tu abrazo,
de los temblores en mi pecho,
de citas de cine y paseo,
de nervios de adolescente.

Me dejaste la llama viva,
la luz en el hogar de mis costillas,
el calor en el latir
y también al respirar,
el valor para volver a sentir
y arrojarme al amor sin vestiduras.

Me dejaste con tu aleteo, 
delicada mariposa azul,
la más elegante,
y coqueta,
y libre.

Me dejaste aquí despojado
de la parte de mí
que aún sigue caminando
contigo agarrada a mi brazo
debajo del paraguas.

Tú, 
pequeña criatura salvaje,
me dejaste.

Nublos por L. Sancho

Había que intentarlo, dicen.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Flores desnudas

Me pregunto, a veces,
a qué sitio vuelan mis lamentos
cuando no sabes si quererme,
allí donde la sombra de lo que fue
sopla en ráfaga como huracanada,
descubriendo vergüenzas,
arrancando flores,
levantando faldas.

Me pregunto, a veces,
quién es la dueña de esos ojos
que miran más allá de los míos,
que me traspasan y huyen lejos,
temerosos del viento pertinaz,
de los días de mar cristalino,
de los ecos que se clavan con quietud
como puñales en la carne.

Me pregunto, a veces,
de quién es este desespero,
y la niebla en el sentir,
y el desgarro en los adentros,
y la voz grave que grita
que es tu amor frágil,
y mi corazón, flor desnuda,
como diente de león que se deshace. 

Sopla por L. Domenech

Esperando el regreso de lo que nunca tuve.

domingo, 13 de septiembre de 2020

Mithos

Ungido en limos del Tártaro,
fui consumido por las titánides
con la voracidad de los mundos,
mientras los lamentos de Caronte
nutrieron mis restos inermes
hasta el Quinto Círculo dantesco
y allí,
a la deriva en la laguna Estigia,
resurgí cual pájaro en llamas,
sacando la cabeza en desesperado braceo,
insuflando aire en mis pulmones marchitos
para así trepar por la montaña decadente
de cuerpos y almas caídas en desgracia.

¿Quién me ofrecerá su mano?,
si es mi madre la Loba primigenia y
mi padre el viento del Norte,
¿qué se puede esperar de mí?
Perseguir, acechar y correr,
y correr, y correr,
siempre hambriento, famélico,
ni sangre ni fuego me podrán saciar,
ya no.

Me crucé con la despojada Helena,
y vi a Leda bañarse en el río,
soñé con la cacería salvaje,
¡Oh, indomable Diana!
Y me rompió el corazón
el recuerdo de Perséfone,
reina de mis pasiones.

Me asiré a las agallas del Leviatán,
sierpe terrible,
y emprenderé así la vuelta a Hel, 
cerrando el círculo en busca de Sigrún,
llévame de la mano por tus sendas,
concédeme descanso regado en hidromiel.


Todo esto un martes. Por la tarde. 

16:10 (IV)

viernes, 4 de septiembre de 2020

Laberinto

aflojaron los tornillos
Soy carne.
y con ellos la presión,
Por la que sólo pasa el humo.
en los adentros correteas,
Saco ambos brazos.
movimiento,
Abro mi cabeza en dos.
exudación,
Escapo por las costuras.
ya reptas sobre la piel,
Me cuelo por los poros.
te observo con gran temor,
Translúcido, etéreo.
¿quién te dejó salir?
Me busco.
no lo hagas, no te acerques,
Un brazo por la garganta.
tu tacto me abrasa,
Los ojos hacia dentro.
eres las cicatrices
¿Soy yo ese cuerpo?
y el profundo lago,
No, yo soy el mar.
¿qué buscas?
Puedes morir en mí.
ni tú lo sabes,
Aunque esté calmado.
dando vueltas en círculo,
¿Es ella ese cuerpo?
¡necio invidente!
Reflejo monstruoso.
ciego de deseo,
Vuelve a mí.
¡vuelve!
Salto al agua.
Salto al agua.
Ojos abiertos en penumbra,
con la boca seca y jadeante,
a tientas con las manos,
con los dedos,
te busco, creo.


Estados alterados de consciencia.

16:10 (III)

lunes, 31 de agosto de 2020

Rito


Vámonos lejos,
huyamos ahora de amores gastados,
pintemos nuestros fríos cuerpos
con las cenizas que aún nos queman,
que el cielo hoy se inflama
por los fuegos del ayer.

Atardecer por L. Domenech



Ignífero ritual.

miércoles, 26 de agosto de 2020

Mercadillo medieval

¡Atiendan vuesas mercedes!

Coloquen a un lado su manto,
oigan a este juglar entre tanto,
pues aquesta historia que canto,
habla de tres momentos de espanto,
y no crean que fue por mucho,
librarme del segador con capucha,
si por pocas no la espicho
siendo todavía un muchacho.

Al primer momento me remonto,
¡voto a bríos!, que no os miento,
caminaba por vereda y monte,
paso firme y bien atento,
empinado balate fue el destino
y cubierto de hojas el estrecho camino,
fui a errar la pisada con tan poco tino
que bastó un leve instante,
y todo yo, posaderas por delante,
despeñóme sin duda siquiera
y por muerto, os juro, allí me diera 
de no ser por el firme asidero
que en mi brazo el de atrás tuviera,
¡no lo cuento!, ¡no lo canto!
y así fue, que por vez primera,
me topé con la calavera,

Avancemos pues, si gustáis,
a la edad de mis dieciséis,
inventando yo y mi compinche
bandoleros de faca al cincho,
de orgullo, conste, no me hincho,
mas tampoco cogeré un berrinche,
íbamos pues, piratas sin bandera
en vehículo de motor a dos ruedas,
con rumbo fijo a la gasolinera,
y es entonces cuando ocurre,
que apenas la manguera agarro
encima del depósito, de la boca, al compadre
se le escurre, encendido, el cigarro,
imaginen ustedes mi cara,
toda mi vida en color proyectada,
en los instantes que el pitillo volara
y tocara en el borde para dar en la calzada,
fue la nuestra una suerte profunda 
¡no lo cuento!, ¡no lo canto!
y así fue, que por vez segunda,
me libré de una muerte rotunda.

En el último relato que hoy les despacho
contaba yo ya con dieciocho,
platicando iba el tío en alegre compaña,
si no lo saben, les digo, el peligro que entraña,
cruzar la calleja distraído en maraña,
con la testa torcida no escuché el eco
ni vi al autobús y en el paso me obceco
agarróme mi amigo parándome en seco,
os digo, señores, por pocas defeco,
¡no lo cuento!, ¡no lo canto!
Después de esto, espero, no les quede hueco,
para más historias donde casi me quedo muñeco.


Las monedas al lado del laúd,
si es menester.

P.D. Poco se habla de lo mal pagada que está la juglaría.

16:10 (II)

jueves, 20 de agosto de 2020

Desde la platea

Recuerdo no prestarte mucha atención cuando te vi por primera vez, como cualquier encuentro fugaz entre dos personas que pertenecen a mundos que no se tocan; encuentro del que, por otra parte, estoy bastante seguro, no conservas memoria alguna. La impronta que dejaste en mí fue la de muchacha más bien antipática -no te voy a engañar-, aunque he de admitir que bajo tus enérgicas maneras se adivinaba cierto atractivo, como de fuerza de la naturaleza, indómita, cambiante.
¿Cuánto tiempo pasó hasta que volvimos a vernos? No sabría decirlo con exactitud, aunque sí puedo señalar sin margen de error la primera vez que hablamos con cierto sentido de intimidad. Fue cuando llegó mi tormenta personal dejándome varado en una isla sin nombre y fuera del mundo, entonces viniste en mi busca a hablarme de tu naufragio, de tus miedos y tus anhelos. Que tuvieras la intuición de poder encontrar un recipiente adecuado en mí cuando apenas habíamos intercambiado algunas palabras de cortesía nunca dejará de sorprenderme.
A partir de ese día fuimos espuma efervescente contenida en un habitáculo cerrado, cubriendo todos los huecos del alma, sedientos de la compañía que sólo nosotros podíamos darnos, dañados como estábamos e incapaces de articularnos fuera de ese espacio tan nuestro que nos daba cobijo.
Hay tantas cosas que nunca te he dicho... Fueron tiempos en los que mi vida rápidamente pasó a orbitar en torno a ti, como absorbido por un trágico sentido de fascinación; hablaba a todas horas contigo, mis únicos planes eran para verte, para compartir un rato de música, de conversación filosófica existencialista o para sentarnos a la mesa en un almuerzo sencillo en casa.
Siempre mantuvimos un estricto y casi anómalo respeto físico hacia el otro, sabiéndonos mutilados emocionalmente, habiendo perdido la capacidad de amar me bebía yo las horas contigo como un lento y dulce veneno y te observaba desde la admiración tras el cristal de mi desapego hacia el mundo: atesoraba todas las palabras que brotaban de ese ingenioso y afilado intelecto, degustaba tus gestos nerviosos, tu mirada intensa tras escucharme decir algo que en aquel momento me parecía de tremenda trascendencia, incluso me sonreía por dentro cuando torcías la boca un segundo antes de postular alguna interesante teoría acerca de la gente como nosotros y el resto de la humanidad. Y entonces me detenía en la contemplación de tus labios un instante más, cuando el lenguaje verbal no nos llegaba y se instalaba un confortable silencio en la sala, entonces era consciente, observándome desde fuera, del escenario que habíamos construido para nuestras interacciones. Alguna vez, inmerso en uno de esos momentos llegué a preguntarme, divertido, qué gritos ahogados de sorpresa hubiera arrancado de la platea si al correr el telón, en lugar de mirar como un bobo la delicada armonía de tus facciones, te hubiera mordido los labios; a veces tenía esos impulsos de destrucción, ya sabes, de romper con lo que se esperaba de la escena, llevándome por delante el decorado preparado con meticulosa atención, con su atrezo y todo. Por supuesto nunca lo hice ni fui tan ingenuo como para darle importancia a esos -necesarios para mí- momentos de ensoñación en los que cerraba los ojos y me pensaba profundamente enamorado de ti, o esos otros días, por lo general soleados y llenos de alegría en los que frecuentemente reías con ganas y me parecía que eras tú la que me quería con toda el alma.
Era una relación la nuestra de constante medición de niveles, de repaso de papeles: «tú y yo somos esto y no cualquier otra cosa». Quizás nos teníamos un miedo atroz, en el fondo, aunque nos necesitásemos durante tan largo tiempo para lamernos las heridas y poder volver a volar libres. Nos comportábamos como verdaderos -y respetuosos- amigos, aunque nunca lo fuimos en realidad; éramos, en esencia, dos soledades hondas y rotas como surcos en la tierra que se sentían terriblemente bien en la soledad del otro: comprendidos, arropados y a salvo del aterrador exterior en una simbiótica sintonía demasiado sanadora para negarse a vivirla.
Lo que pronto fue claro para ambos es que, con el fin de hacernos esa compañía, tarde o temprano tendríamos que pagar el precio: dejarnos morir por envenenamiento o asesinarnos con apasionada crudeza. Así se nos iban las semanas, exprimiéndonos contra la funesta profecía. Y cuando finalmente llegó el momento, no hubo indulto alguno y en silencio me maté contigo con una comicidad apenas teatral. No negaré que anduve algún tiempo después perdido en mi isla sin nombre, atravesado por un duelo cuyo rostro desconocía ya que no estaba seguro de qué -o cuánto- era lo que había perdido que dolía con tanta intensidad.
Todo eso pasó, claro, los años lo acabaron enterrando como tienden a hacer con todo, dejándonos el recuerdo amortiguado de un tiempo lejano en el que fuimos. Aún en el momento presente tengo problemas para definirte, y es que sé -conozco, veo- que eres y que nuestras soledades siguen todavía vibrando a la misma frecuencia, como un reconocimiento silencioso del papel que sabemos cumplir para el otro.

Hoy andaba pensando, fíjate. en aquel primer encuentro vestida con tu sudadera gris -en el que, insisto, apenas te presté atención-, y tal vez, un buen día, en mitad de un impulso arrebatador de destrucción, te pierda el respeto y, entre lámparas rotas y alguna silla volcada, te muerda los labios. Por ver si aplaude alguien.


El crimen pasional también me valdría,
llegado el caso.
16:10 (I)
 

domingo, 16 de agosto de 2020

encierro

...en tiempos de aciago hastío

eres mi calamidad,

el desgarro de un quejío,

llanto de la tierra gitana,

quebranto de mi voluntad.


Lo que sentí hoy ardía,

herido de mortal estocada

sangraba el alma mía

versos de dolor carmesí

sobre el recuerdo de tu mirada.



"ella no es tuya,

al menos de esta forma sin pausa."

Morpho azul

Ella no podría quedarse,
aunque lo deseara de veras 
-y no lo dudo-. 
Era como ese pajarillo inquieto 
de rápido aleteo que, 
con pequeños brincos en el alféizar
te saluda el día y, 
habiendo colmado tu ser 
de un gozo genuino y natural, 
se marcha a otros lares, 
migrando siempre a otras tierras 
en las estaciones frías, siempre.

Los hilos de la vida tejían
su vuelta en primavera, 
con los colores radiantes del aliento 
estallando a su paso;
y a mí su aparición 
se me antojaba como de mariposa azul, 
monarca por necesidad,
llegando a reclamar su trono
de flores y bellas dádivas.

Ella no podría quedarse,
no sin perder el don del vuelo,
y yo lo sabía bien;
lo que compartimos
sumando solsticios 
nos soñaba con tonos de atardecer
y banda sonora original,
ya trepidante,
ya profundamente emotiva,
pintando escenas de promesa:
«Nadie como tú.»

Quizás 
nos volvamos a encontrar
cuando deje de pensarte,
y esta vez se nos olvide
esa fea costumbre nuestra
de almorzar las sobras,
de no sorbernos la vida.

Apoyado en la ventana,
con los ojos en el cielo
esperando tu regreso,
que yo aún tiemblo si te miro,
aunque ya sea sólo en sueños.



...no se pueden tocar
las alas de una mariposa.

miércoles, 12 de agosto de 2020

Parte II

... y sin embargo,

te dejé marchar, amor,

con mis manos, 

con mi cabeza

-no con el alma-, 

te dejé marchar.



La historia de mi vida.

Baile de máscaras

Afanado como siempre
en la torpe impostura:
que pertenezco contigo,
a tu lado, en tus aires,
te digo.
Que tus alas me mueven,
que soy donde tus ojos, y
más allá los trinos duelen,
las nubes altaneras,
me hablan en soledad 
del lobo-hombre de frontera,
enormísimo misterio
que reside en ese lugar,
en el que tú nunca estás.
Audaz, también te digo
que fuera de ti
no existen mis huellas,
que el aire me sabe a pena,
y que lejos existe una estrella
a la que un día llamamos hogar.


Por algún lado había que empezar.


jueves, 13 de febrero de 2020

Oniria

¿Te acuerdas? Bien podría haber sido ayer. Fue un verano atípico, la llovizna nos concedía frescas treguas durante el día y las noches se llenaban de luminosas tormentas eléctricas.
Aquella tarde empezaba a marcharse, había dejado de llover hacía muy poco y la temperatura era agradable. Aún hoy me acompaña la imagen con la que apareciste ante mí en aquel jardín: con la cara lavada y el pelo todavía húmedo peinado hacia atrás, llevabas ese vaporoso vestido blanco que apenas cubría tus rodillas y que tanto te gustaba. Y esos ojos. Nunca encontré las palabras adecuadas para describirlos, tu mirada era algo fuera de las ataduras del tiempo, un ente anclado a la existencia misma, antiguo y místico como las estatuíllas sirias, como los árboles que desde el comienzo llevan bebiendo de la misma lluvia que te había mojado el pelo, como el último haz de luz antes del fin de las cosas. Todo a la vez.
Yo por aquel entonces ya sabía que no estabas pasando tu mejor momento, el mundo siempre te resultó un lugar apenas soportable, e incluso así mantenías ese semblante lleno de paz. Hoy diré que conformabas una visión hermosa, tanto que me rompía el corazón la simple idea de que te movieras para acercarte o que yo perturbara el gesto de tu rostro diciendo alguna tontería fuera de lugar, como era habitual.
Nos pasaron las horas perdidos en el otro, con los labios en las manos y la piel en Braille. Y esos ojos de mar profundo, pacientes y sabedores de signos. 

Esos ojos tuyos.

¿Te acuerdas de aquel amor? Bien podría haber sido en esta vida.


 Lunáticos aullando al unísono.

miércoles, 14 de agosto de 2019

Frío en el cuerpo

Arde el valle colmado de pinos
en el lejano sur,
y estalla el mundo en llamas;
y ahí va la luna con su corona de ceniza,
envuelta en jirones de humo,
adivinándose plena,
se asoma,
hermosa como nunca.

Interrumpirás mi sueño
colándote por la ventana
y cubrirás mi cuerpo con tu manto,
bordado de ascua y aire abrasador,
sanando todo el frío que hay en mí,
empezando quizás por el pecho,
abriéndote camino, despacio,
hasta el centro mismo de mi ser.



"[...]En esas condiciones no hay alivio posible,
ni el bálsamo falaz de la nostalgia,
ni el más firme consuelo del olvido."

sábado, 10 de agosto de 2019

Debajo de mi piel

Pongamos
que no me aupara a lomos
del caballo,
ni galopase por los reinos
de mi mundo interior,
hostigando a golpe de látigo
al león de mi angustia.
Digamos
que no lo fatigara
hasta la extenuación,
¿vendrías tú
a ahuyentar al lagarto que habita
debajo de mi piel?
¿Y si no pudiera dispersar
la formación de vívidas memorias?
Si estuviese condenado a recrear
tu tacto, tus ojos, tu olor.

Tu risa.

¿Me buscarías tú
para sostenerme en tus brazos
durante mis veladas sin sueños?
Si yo no fuese un hombre como yo,
pasaría los días enzarzado
en bailes de salón con la locura,
me temo.
Y no sé quién
-o qué-
tomaría mi forma,
respirando por mí,
sosteniendo la pluma.

Escribiendo esto.


"sueño treinta y uno
y tú apareces tan septiembre."

jueves, 8 de agosto de 2019

La de la rana y el escorpión

Anticipado dolor punzante,
aguijón,
vienes a buscarme ahora,
de entre todos los momentos posibles,
cuando me reconozco perdedor
en noches con olor a tibio ayer.
Y yo hundo la cabeza en
los días sin marcar del calendario,
buscando remedios, remiendos,
pócimas y elixires.
Cierro los ojos al tiempo que 
me afano en alcanzar
la tolerancia al golpe,
que no deja marca pero 
desgarra la carne y rompe huesos,
quebranta vasos.
Y el cáustico río de mi sangre
cruzaré a nado,
al rescate de las huérfanas luces
que desde la otra orilla,
tenues,
me lloran promesas.

Abatido a mitad de camino,
por tu naturaleza.

¡Célere amigo,
retoma con presteza
mi fallida empresa!
Apiádate de las luciérnagas,
mételas en tarros de mermelada
y marca con ellas el lugar
donde dos cuerpos yacen
fulminados a mitad de camino,
una vez más.


Pues es verano, parece.
"Sé que el final es siempre igual
y no he de esperar desenlaces a lo Shyamalan."

viernes, 11 de enero de 2019

Del insomnio y otros menesteres

A ti, estrella,
que en tu trono de luz duermes
tan sola,
cuajada de perlada escarcha,
y es tu piel
el frío hálito del llanto,
a ti, soberana de la noche,
de esta y
de todas las que esperan,
a ti que tocas los hilos
y las fibras
con la pericia del arpista,
tú que te das
en blanco fulgor
y colmas de argénteo vibrato
las orillas bañadas en mar,
y yo,
que al verte pasear
por el insondable tapiz,
te entregué sin dudarlo
mis ojos,
y mi garganta,
y mis manos:
mi ser,
¡quién fuera demiurgo,
nube celestial,
para estar más cerca de ti!
atesora mi ánima
que ya es tuya,
guarda mis sueños
lucero mío,
y báilame en las vigilias.


"Tú, Maravilla, y tú, Belleza, y tú, Terror."

lunes, 17 de diciembre de 2018

Hoja caduca

En octubre es lo que pasa,
se trata de hacerlo llevadero,
al final:
devorar veleros noctámbulos
con los párpados en llamas
y recoger las azucenas que crecieron
allí donde me respirabas,
es decir,
en el pecho;
luego llega noviembre
y el ocre en la tierra,
y yo atrapado en ámbar,
ni escribo, ni grito,
ni pataleo;
mudo y con los ojos tristes,
transido de ausencia,
todo el día.
Pegándome el alma a trozos,
barruntando, convencido,
que de esta me libraba.

Deshaciendo trenzas de ocho tientos.

lunes, 20 de agosto de 2018

Lumen coeli

De la mañana de verano
tranquila,
cuando bajo nubes leves
iba deshaciéndose el riachuelo,
saltando
entre pequeñas piedras romas,
salpicando agujas frescas,
insuflando vida
en los tobillos de las bañistas,
apenas muchachas
de risa limpia y sincera.

Y el sol colándose
grave
entre la umbra del pinar,
creando mosaicos cambiantes
en el informe y líquido lienzo,
móviles de papel celofán
para cunas sumergidas,
hechizo brillante,
belleza efímera,
espejismo que nace y muere
una y otra vez.

Así me encontré contigo,
tumbada en la frondosa hierba
meciéndote con la tenue brisa,
y vi que tu corazón era cristalino
y cálido
como aquella mañana,
como el vidrio recién templado,
y eras la risa de las chiquillas
jugando en la orilla,
y eras el artístico y dulce
reflejo del sol
en el agua.

Necesaria,
tejedora de destinos,
dueña del tiempo,
radiante.


Porque la luz también emana de las profundidades del alma.



miércoles, 15 de agosto de 2018

Testigo mudo

La fotografía me miraba, y no al revés. Tironeándome del pantalón y de la nostalgia, siendo yo tan dado a dejarme arrastrar a ese estado mental. Mirarme y volver a ver el mundo desde los ojos de un crío.

La instantánea de marras congeló el tiempo a principios de los noventa, en otra Granada distinta, con más árboles y menos zonas peatonales. O así lo recuerdo yo. En el retrato estoy sujetando un limón como si fuera un objeto de altísima complejidad en el balcón de la antigua casa de mi abuela y ella me mira desde arriba —de niño siempre me pareció de una altura indescriptible—, con ese gesto que sólo una abuela es capaz de articular cuando juega con sus nietos.

Mi abuela. Ella me trajo a estas líneas, imagino. Mi abuela me miraba desde la fotografía y no al revés. 

Siempre fue una mujer fuerte como un roble. Niña de la posguerra española, de la generación que pasó hambre y miedo. Los años de los cañones apostados en la Alhambra bombardeando el barrio del Albayzín. 
Le gustaba contarnos peripecias de su niñez, de cuando iba a por agua a la fuente del Avellano y tenía que tirar el cántaro y meter la cabeza en algún sótano porque sonaban las sirenas o aquella vez que la mandaron a por una hogaza de pan de trigo —que no de algarrobo como era habitual y ella en vez de completar el recado la repartió entre los chiquillos de la placeta de la Victoria. Las contaba y se reía a carcajadas todas las veces. Yo aún era muy pequeño para comprender el carácter necesario para que esas historias tan tristes nos parecieran divertidas y no percibiéramos el horror que había detrás.

Tenía esa sabiduría popular que ya no se encuentra. Conocía todos los refranes, todos los chascarrillos. También era una excelente cocinera (ahora me pregunto por qué no me senté con ella a escribir todas las recetas cuando aún las recordaba) y en su casa uno podía comer hasta el hartazgo.

Le daba miedo la tormenta, no soportaba los vientos fuertes ni el tronar de los relámpagos. Ya desde entonces me fascinaban esos contrastes en las personas e imaginaba una alta torre tambaleándose ante la tempestad, por alguna razón. 

Nos quería con todo su corazón, pero nunca fue de mostrarse en exceso. Nos lo hacía notar con pequeños gestos, detalles que hoy me mueven hasta la lágrima. Recuerdo una vez que vino a vernos a casa con un libro de ilustraciones de los grandes dinosaurios —ya que yo era un apasionado y gran conocedor de la materia, sabihondo desde chico—: "Niña, le he traído esto al Albertillo que sé que le gustan los lagartos esos", entonces se sentaba a mi lado y pretendía durante largo rato que encontraba harto interesante mi extensa narración sobre los pormenores del Cretácico inferior, que yo de eso, cátedra.

Eran otros tiempos más sencillos; me encantaba desayunar un vaso de leche sentado junto a mi hermana viendo David el Gnomo, salir a la calle y preguntarle a todo el mundo si quería ser mi amigo y revolcarme por la hierba.
Pero sobre todas las cosas me hacía feliz saber que era un niño.   
—¿Tú que quieres ser de mayor? 
—Yo no quiero ser mayor.

Todo esto era antes de que la vida lo inundara todo con su gravedad, antes de las pérdidas irreparables, antes de la pelota pinchada y de la vieja Barbie rota. Eran otros tiempos, ya ves.

Hoy podríamos repetir la fotografía con los mismos protagonistas aunque sería yo quien la mirase desde arriba esta vez. Y ya no me contaría historias, todas han dejado su cabeza y ahora viven en la mía.
No faltarían refranes, eso sí, mi abuela nunca podría olvidar sus refranes.

Se los sabía todos.

El tiempo es un maestro severo.