miércoles, 12 de agosto de 2020

Parte II

... y sin embargo,

te dejé marchar, amor,

con mis manos, 

con mi cabeza

-no con el alma-, 

te dejé marchar.



La historia de mi vida.

Baile de máscaras

Afanado como siempre
en la torpe impostura:
que pertenezco contigo,
a tu lado, en tus aires,
te digo.
Que tus alas me mueven,
que soy donde tus ojos, y
más allá los trinos duelen,
las nubes altaneras,
me hablan en soledad 
del lobo-hombre de frontera,
enormísimo misterio
que reside en ese lugar,
en el que tú nunca estás.
Audaz, también te digo
que fuera de ti
no existen mis huellas,
que el aire me sabe a pena,
y que lejos existe una estrella
a la que un día llamamos hogar.


Por algún lado había que empezar.


jueves, 13 de febrero de 2020

Oniria

¿Te acuerdas? Bien podría haber sido ayer. Fue un verano atípico, la llovizna nos concedía frescas treguas durante el día y las noches se llenaban de luminosas tormentas eléctricas.
Aquella tarde empezaba a marcharse, había dejado de llover hacía muy poco y la temperatura era agradable. Aún hoy me acompaña la imagen con la que apareciste ante mí en aquel jardín: con la cara lavada y el pelo todavía húmedo peinado hacia atrás, llevabas ese vaporoso vestido blanco que apenas cubría tus rodillas y que tanto te gustaba. Y esos ojos. Nunca encontré las palabras adecuadas para describirlos, tu mirada era algo fuera de las ataduras del tiempo, un ente anclado a la existencia misma, antiguo y místico como las estatuíllas sirias, como los árboles que desde el comienzo llevan bebiendo de la misma lluvia que te había mojado el pelo, como el último haz de luz antes del fin de las cosas. Todo a la vez.
Yo por aquel entonces ya sabía que no estabas pasando tu mejor momento, el mundo siempre te resultó un lugar apenas soportable, e incluso así mantenías ese semblante lleno de paz. Hoy diré que conformabas una visión hermosa, tanto que me rompía el corazón la simple idea de que te movieras para acercarte o que yo perturbara el gesto de tu rostro diciendo alguna tontería fuera de lugar, como era habitual.
Nos pasaron las horas perdidos en el otro, con los labios en las manos y la piel en Braille. Y esos ojos de mar profundo, pacientes y sabedores de signos. 

Esos ojos tuyos.

¿Te acuerdas de aquel amor? Bien podría haber sido en esta vida.


 Lunáticos aullando al unísono.

miércoles, 14 de agosto de 2019

Frío en el cuerpo

Arde el valle colmado de pinos
en el lejano sur,
y estalla el mundo en llamas;
y ahí va la luna con su corona de ceniza,
envuelta en jirones de humo,
adivinándose plena,
se asoma,
hermosa como nunca.

Interrumpirás mi sueño
colándote por la ventana
y cubrirás mi cuerpo con tu manto,
bordado de ascua y aire abrasador,
sanando todo el frío que hay en mí,
empezando quizás por el pecho,
abriéndote camino, despacio,
hasta el centro mismo de mi ser.



"[...]En esas condiciones no hay alivio posible,
ni el bálsamo falaz de la nostalgia,
ni el más firme consuelo del olvido."

sábado, 10 de agosto de 2019

Debajo de mi piel

Pongamos
que no me aupara a lomos
del caballo,
ni galopase por los reinos
de mi mundo interior,
hostigando a golpe de látigo
al león de mi angustia.
Digamos
que no lo fatigara
hasta la extenuación,
¿vendrías tú
a ahuyentar al lagarto que habita
debajo de mi piel?
¿Y si no pudiera dispersar
la formación de vívidas memorias?
Si estuviese condenado a recrear
tu tacto, tus ojos, tu olor.

Tu risa.

¿Me buscarías tú
para sostenerme en tus brazos
durante mis veladas sin sueños?
Si yo no fuese un hombre como yo,
pasaría los días enzarzado
en bailes de salón con la locura,
me temo.
Y no sé quién
-o qué-
tomaría mi forma,
respirando por mí,
sosteniendo la pluma.

Escribiendo esto.


"sueño treinta y uno
y tú apareces tan septiembre."

jueves, 8 de agosto de 2019

La de la rana y el escorpión

Anticipado dolor punzante,
aguijón,
vienes a buscarme ahora,
de entre todos los momentos posibles,
cuando me reconozco perdedor
en noches con olor a tibio ayer.
Y yo hundo la cabeza en
los días sin marcar del calendario,
buscando remedios, remiendos,
pócimas y elixires.
Cierro los ojos al tiempo que 
me afano en alcanzar
la tolerancia al golpe,
que no deja marca pero 
desgarra la carne y rompe huesos,
quebranta vasos.
Y el cáustico río de mi sangre
cruzaré a nado,
al rescate de las huérfanas luces
que desde la otra orilla,
tenues,
me lloran promesas.

Abatido a mitad de camino,
por tu naturaleza.

¡Célere amigo,
retoma con presteza
mi fallida empresa!
Apiádate de las luciérnagas,
mételas en tarros de mermelada
y marca con ellas el lugar
donde dos cuerpos yacen
fulminados a mitad de camino,
una vez más.


Pues es verano, parece.
"Sé que el final es siempre igual
y no he de esperar desenlaces a lo Shyamalan."

viernes, 11 de enero de 2019

Del insomnio y otros menesteres

A ti, estrella,
que en tu trono de luz duermes
tan sola,
cuajada de perlada escarcha,
y es tu piel
el frío hálito del llanto,
a ti, soberana de la noche,
de esta y
de todas las que esperan,
a ti que tocas los hilos
y las fibras
con la pericia del arpista,
tú que te das
en blanco fulgor
y colmas de argénteo vibrato
las orillas bañadas en mar,
y yo,
que al verte pasear
por el insondable tapiz,
te entregué sin dudarlo
mis ojos,
y mi garganta,
y mis manos:
mi ser,
¡quién fuera demiurgo,
nube celestial,
para estar más cerca de ti!
atesora mi ánima
que ya es tuya,
guarda mis sueños
lucero mío,
y báilame en las vigilias.


"Tú, Maravilla, y tú, Belleza, y tú, Terror."

lunes, 17 de diciembre de 2018

Hoja caduca

En octubre es lo que pasa,
se trata de hacerlo llevadero,
al final:
devorar veleros noctámbulos
con los párpados en llamas
y recoger las azucenas que crecieron
allí donde me respirabas,
es decir,
en el pecho;
luego llega noviembre
y el ocre en la tierra,
y yo atrapado en ámbar,
ni escribo, ni grito,
ni pataleo;
mudo y con los ojos tristes,
transido de ausencia,
todo el día.
Pegándome el alma a trozos,
barruntando, convencido,
que de esta me libraba.

Deshaciendo trenzas de ocho tientos.

lunes, 20 de agosto de 2018

Lumen coeli

De la mañana de verano
tranquila,
cuando bajo nubes leves
iba deshaciéndose el riachuelo,
saltando
entre pequeñas piedras romas,
salpicando agujas frescas,
insuflando vida
en los tobillos de las bañistas,
apenas muchachas
de risa limpia y sincera.

Y el sol colándose
grave
entre la umbra del pinar,
creando mosaicos cambiantes
en el informe y líquido lienzo,
móviles de papel celofán
para cunas sumergidas,
hechizo brillante,
belleza efímera,
espejismo que nace y muere
una y otra vez.

Así me encontré contigo,
tumbada en la frondosa hierba
meciéndote con la tenue brisa,
y vi que tu corazón era cristalino
y cálido
como aquella mañana,
como el vidrio recién templado,
y eras la risa de las chiquillas
jugando en la orilla,
y eras el artístico y dulce
reflejo del sol
en el agua.

Necesaria,
tejedora de destinos,
dueña del tiempo,
radiante.


Porque la luz también emana de las profundidades del alma.



miércoles, 15 de agosto de 2018

Testigo mudo

La fotografía me miraba, y no al revés. Tironeándome del pantalón y de la nostalgia, siendo yo tan dado a dejarme arrastrar a ese estado mental. Mirarme y volver a ver el mundo desde los ojos de un crío.

La instantánea de marras congeló el tiempo a principios de los noventa, en otra Granada distinta, con más árboles y menos zonas peatonales. O así lo recuerdo yo. En el retrato estoy sujetando un limón como si fuera un objeto de altísima complejidad en el balcón de la antigua casa de mi abuela y ella me mira desde arriba —de niño siempre me pareció de una altura indescriptible—, con ese gesto que sólo una abuela es capaz de articular cuando juega con sus nietos.

Mi abuela. Ella me trajo a estas líneas, imagino. Mi abuela me miraba desde la fotografía y no al revés. 

Siempre fue una mujer fuerte como un roble. Niña de la posguerra española, de la generación que pasó hambre y miedo. Los años de los cañones apostados en la Alhambra bombardeando el barrio del Albayzín. 
Le gustaba contarnos peripecias de su niñez, de cuando iba a por agua a la fuente del Avellano y tenía que tirar el cántaro y meter la cabeza en algún sótano porque sonaban las sirenas o aquella vez que la mandaron a por una hogaza de pan de trigo —que no de algarrobo como era habitual y ella en vez de completar el recado la repartió entre los chiquillos de la placeta de la Victoria. Las contaba y se reía a carcajadas todas las veces. Yo aún era muy pequeño para comprender el carácter necesario para que esas historias tan tristes nos parecieran divertidas y no percibiéramos el horror que había detrás.

Tenía esa sabiduría popular que ya no se encuentra. Conocía todos los refranes, todos los chascarrillos. También era una excelente cocinera (ahora me pregunto por qué no me senté con ella a escribir todas las recetas cuando aún las recordaba) y en su casa uno podía comer hasta el hartazgo.

Le daba miedo la tormenta, no soportaba los vientos fuertes ni el tronar de los relámpagos. Ya desde entonces me fascinaban esos contrastes en las personas e imaginaba una alta torre tambaleándose ante la tempestad, por alguna razón. 

Nos quería con todo su corazón, pero nunca fue de mostrarse en exceso. Nos lo hacía notar con pequeños gestos, detalles que hoy me mueven hasta la lágrima. Recuerdo una vez que vino a vernos a casa con un libro de ilustraciones de los grandes dinosaurios —ya que yo era un apasionado y gran conocedor de la materia, sabihondo desde chico—: "Niña, le he traído esto al Albertillo que sé que le gustan los lagartos esos", entonces se sentaba a mi lado y pretendía durante largo rato que encontraba harto interesante mi extensa narración sobre los pormenores del Cretácico inferior, que yo de eso, cátedra.

Eran otros tiempos más sencillos; me encantaba desayunar un vaso de leche sentado junto a mi hermana viendo David el Gnomo, salir a la calle y preguntarle a todo el mundo si quería ser mi amigo y revolcarme por la hierba.
Pero sobre todas las cosas me hacía feliz saber que era un niño.   
—¿Tú que quieres ser de mayor? 
—Yo no quiero ser mayor.

Todo esto era antes de que la vida lo inundara todo con su gravedad, antes de las pérdidas irreparables, antes de la pelota pinchada y de la vieja Barbie rota. Eran otros tiempos, ya ves.

Hoy podríamos repetir la fotografía con los mismos protagonistas aunque sería yo quien la mirase desde arriba esta vez. Y ya no me contaría historias, todas han dejado su cabeza y ahora viven en la mía.
No faltarían refranes, eso sí, mi abuela nunca podría olvidar sus refranes.

Se los sabía todos.

El tiempo es un maestro severo.