... y sin embargo,
te dejé marchar, amor,
con mis manos,
con mi cabeza
-no con el alma-,
te dejé marchar.
... y sin embargo,
te dejé marchar, amor,
con mis manos,
con mi cabeza
-no con el alma-,
te dejé marchar.
¿Te acuerdas? Bien podría haber sido ayer. Fue un verano atípico, la llovizna nos concedía frescas treguas durante el día y las noches se llenaban de luminosas tormentas eléctricas.
Aquella tarde empezaba a marcharse, había dejado de llover hacía muy poco y la temperatura era agradable. Aún hoy me acompaña la imagen con la que apareciste ante mí en aquel jardín: con la cara lavada y el pelo todavía húmedo peinado hacia atrás, llevabas ese vaporoso vestido blanco que apenas cubría tus rodillas y que tanto te gustaba. Y esos ojos. Nunca encontré las palabras adecuadas para describirlos, tu mirada era algo fuera de las ataduras del tiempo, un ente anclado a la existencia misma, antiguo y místico como las estatuíllas sirias, como los árboles que desde el comienzo llevan bebiendo de la misma lluvia que te había mojado el pelo, como el último haz de luz antes del fin de las cosas. Todo a la vez.
Yo por aquel entonces ya sabía que no estabas pasando tu mejor momento, el mundo siempre te resultó un lugar apenas soportable, e incluso así mantenías ese semblante lleno de paz. Hoy diré que conformabas una visión hermosa, tanto que me rompía el corazón la simple idea de que te movieras para acercarte o que yo perturbara el gesto de tu rostro diciendo alguna tontería fuera de lugar, como era habitual.
Nos pasaron las horas perdidos en el otro, con los labios en las manos y la piel en Braille. Y esos ojos de mar profundo, pacientes y sabedores de signos.
Esos ojos tuyos.
¿Te acuerdas de aquel amor? Bien podría haber sido en esta vida.
Arde el valle colmado de pinos
en el lejano sur,
y estalla el mundo en llamas;
y ahí va la luna con su corona de ceniza,
envuelta en jirones de humo,
adivinándose plena,
se asoma,
hermosa como nunca.
Interrumpirás mi sueño
colándote por la ventana
y cubrirás mi cuerpo con tu manto,
bordado de ascua y aire abrasador,
sanando todo el frío que hay en mí,
empezando quizás por el pecho,
abriéndote camino, despacio,
hasta el centro mismo de mi ser.
Pongamos
que no me aupara a lomos
del caballo,
ni galopase por los reinos
de mi mundo interior,
hostigando a golpe de látigo
al león de mi angustia.
Digamos
que no lo fatigara
hasta la extenuación,
¿vendrías tú
a ahuyentar al lagarto que habita
debajo de mi piel?
¿Y si no pudiera dispersar
la formación de vívidas memorias?
Si estuviese condenado a recrear
tu tacto, tus ojos, tu olor.
Tu risa.
¿Me buscarías tú
para sostenerme en tus brazos
durante mis veladas sin sueños?
Si yo no fuese un hombre como yo,
pasaría los días enzarzado
en bailes de salón con la locura,
me temo.
Y no sé quién
-o qué-
tomaría mi forma,
respirando por mí,
sosteniendo la pluma.
Escribiendo esto.
A ti, estrella,
que en tu trono de luz duermes
tan sola,
cuajada de perlada escarcha,
y es tu piel
el frío hálito del llanto,
a ti, soberana de la noche,
de esta y
de todas las que esperan,
a ti que tocas los hilos
y las fibras
con la pericia del arpista,
tú que te das
en blanco fulgor
y colmas de argénteo vibrato
las orillas bañadas en mar,
y yo,
que al verte pasear
por el insondable tapiz,
te entregué sin dudarlo
mis ojos,
y mi garganta,
y mis manos:
mi ser,
¡quién fuera demiurgo,
nube celestial,
para estar más cerca de ti!
atesora mi ánima
que ya es tuya,
guarda mis sueños
lucero mío,
y báilame en las vigilias.
En octubre es lo que pasa,
se trata de hacerlo llevadero,
al final:
devorar veleros noctámbulos
con los párpados en llamas
y recoger las azucenas que crecieron
allí donde me respirabas,
es decir,
en el pecho;
luego llega noviembre
y el ocre en la tierra,
y yo atrapado en ámbar,
ni escribo, ni grito,
ni pataleo;
mudo y con los ojos tristes,
transido de ausencia,
todo el día.
Pegándome el alma a trozos,
barruntando, convencido,
que de esta me libraba.
De la mañana de verano
tranquila,
cuando bajo nubes leves
iba deshaciéndose el riachuelo,
saltando
entre pequeñas piedras romas,
salpicando agujas frescas,
insuflando vida
en los tobillos de las bañistas,
apenas muchachas
de risa limpia y sincera.
Y el sol colándose
grave
entre la umbra del pinar,
creando mosaicos cambiantes
en el informe y líquido lienzo,
móviles de papel celofán
para cunas sumergidas,
hechizo brillante,
belleza efímera,
espejismo que nace y muere
una y otra vez.
Así me encontré contigo,
tumbada en la frondosa hierba
meciéndote con la tenue brisa,
y vi que tu corazón era cristalino
y cálido
como aquella mañana,
como el vidrio recién templado,
y eras la risa de las chiquillas
jugando en la orilla,
y eras el artístico y dulce
reflejo del sol
en el agua.
Necesaria,
tejedora de destinos,
dueña del tiempo,
radiante.
La fotografía me miraba, y no al revés. Tironeándome del pantalón y de la nostalgia, siendo yo tan dado a dejarme arrastrar a ese estado mental. Mirarme y volver a ver el mundo desde los ojos de un crío.