Volvieron a encapotarse los cielos, bajo las directrices de un crudo invierno que se aferraba al abismo de sus miradas con gélidas garras, a la temperatura en que las voluntades se quiebran en pedacitos brillantes como lágrimas. No hubo mucho que hacer para un sentir etéreo que en demasiadas ocasiones danzó en bailes de salón con la locura, no pudo ni justificar su desazón, arrastrada y ahogada en una tempestad seca y metálica como pocas se recuerdan...
Allí de pie, rendido ante ella, el batir de cien alas con aires de libertad se llevaron sin permiso su alma y encendieron con ella una antorcha en un alto acantilado, pensando tal vez que nunca se consumirían sus ganas de alumbrar el mar, pensando tal vez que aquella inmóvil embarcación podría encontrar su camino por siempre.
Pensando, tras un muro de cristal, que ese era su destino.
Y poco más...
Allí de pie, rendido ante ella, el batir de cien alas con aires de libertad se llevaron sin permiso su alma y encendieron con ella una antorcha en un alto acantilado, pensando tal vez que nunca se consumirían sus ganas de alumbrar el mar, pensando tal vez que aquella inmóvil embarcación podría encontrar su camino por siempre.
Pensando, tras un muro de cristal, que ese era su destino.
Y poco más...









